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Cinco errores que un corrector detecta a la primera página

Un corrector no necesita leer tu manuscrito entero para hacerse una idea de su estado. La primera página suele bastar. No porque juzguemos a la ligera, sino porque ciertos errores tienden a repetirse a lo largo de todo el texto desde la primera línea, y ya nos avisan de qué tipo de trabajo tenemos por delante.

Estos son los cinco que más veo.

Uno: exceso de adverbios en -mente. «Caminaba lentamente», «la miró fijamente», «respondió secamente». Un adverbio ocasional no es un problema, pero cuando aparecen en cascada, el texto empieza a explicarse a sí mismo en lugar de mostrar la acción. Casi siempre hay un verbo más preciso esperando debajo del adverbio.

Dos: diálogos que no suenan a nadie en particular. Si tapas el nombre del personaje que habla y no puedes adivinar quién es solo por cómo se expresa, el diálogo necesita trabajo. Cada voz debería tener su propio ritmo, su propio vocabulario, sus propias muletillas.

Tres: puntuación al servicio de la gramática y no del ritmo. Muchos autores puntúan por regla, no por oído. El resultado son frases correctas que se leen sin respirar, o frases cortadas justo donde el lector necesitaba continuar. La puntuación también es una herramienta narrativa.

Cuatro: información entregada antes de que importe. Descripciones físicas completas, backstory extenso, contexto histórico, todo en la primera página, antes de que el lector tenga ningún motivo para querer saberlo. La información funciona mejor cuando llega en el momento en que el lector la necesita, no antes.

Cinco: el narrador que duda de su propio lector. Frases como «como ya sabemos» o «no hace falta decir que» suelen delatar inseguridad narrativa. Si algo no hace falta decirlo, no se dice. Si hace falta, se dice sin advertirlo primero.

Ninguno de estos errores es grave por separado, y ninguno significa que el manuscrito esté mal escrito. Son hábitos, y los hábitos se corrigen con lectura consciente y, sobre todo, con una segunda mirada que no sea la tuya. Para eso está la corrección de estilo: no para imponer una voz distinta a la tuya, sino para ayudarte a que la que ya tienes se lea con la claridad que merece.

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